La Fortinera

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Eduardo Gutiérrez, en sus "Croquis y siluetas militares", menciona reiteradamente una tal Carmen Ledesma, mujer de agallas, fortinera, que había llegado a alcanzar el grado de sargento, pese a su condición de mujer. Este personaje militaba el regimiento 2 de caballería, cuerpo que llegó a comandar en el fortín en ausencia de los hombres, aunque esa es otra historia. Ahora bien, las crónicas del Victorica inicial, especialmente los informes de la dirección de Tierras, registran en el pueblo la existencia de una Carmen Orozco, que había sido cuartelera. Jaime Molins, allá por los años veinte nombra a una mujer que había ingresado al ejército. ¿Sería aventurarse demasiado pensar que las dos mujeres son la misma persona?. La especulación cabe. Dos mujeres con el grado de sargento, ambas llamadas Carmen constituyen una coincidencia muy llamativa. Hay otro dato que podría esclarecer este asunto, pero que no se ha podido corroborar: la Carmen de los relatos era negra, o por lo menos de piel muy atezada. Al recuerdo de los viejos victoriquenses nos remitimos. Pero aunque no fuera así, aunque no se tratara de la misma mujer, posiblemente la diferencia entre una y otra sea igualmente muy poca. La vida de la sargento Carmen victoriquense debió asimismo, ser una seguidilla de aventuras y peripecias. Además, en aquellos tiempos de guerra en las fronteras nadie, ni siquiera las mujeres ganaban los galones de sargento así nomás.

Croquis y siluetas militares
Cuando la revolución de 1874, las fronteras habían quedado completamente abandonadas porque las tropas que guarnecían habían acudido al llamado del gobierno, unas, mientras las otras se habían plegado a la revolución, siguiendo al prestigioso General Rivas.
En el fuerte general Paz, comandancia de la frontera oeste, no había quedado un solo soldado susceptible de dar un paso.
Todos habían marchado al campamento mercedes con el benemérito coronel Lagos; jefe de aquella frontera.
La noticia de la revolución los había tomado ignorantes de todo: el regimiento 2 venia de corretear unos indios, recibiendo Lagos en marcha, la noticia de lo que sucedía en Bs.As..
Llego al campamento, hizo montar a caballo inmediatamente la fuerza que allí quedaba, y se puso en marcha hacia Chivilcoy, a esperar órdenes, o a ver que giros tomaban los sucesos.
Cada cual salio con lo puesto, considerándose feliz el que pudo echarse una muda de ropa a los tientos, por lo que pudiera suceder.
Nadie savia lo que sucedía, a donde iba y cuanto duraría aquella marcha precipitada.
Todo quedo abierto y tirado a disposición del primero que quisiera agarrarlo.
Allí quedaba la ropa, las armas de repuesto, las camas, y hasta la correspondencia amorosa.
Los quillangos comprados a los indios para traerlos a sus novias unos y a sus madres otros, los retratos de familia y de amor, todo, en fin quedaba a la vista de disposición del primer indio que allí entrara.
En el hospital no había más que un soldado moribundo de fiebre maligna, el loco Echeverria con indigestión de maíz, y dos soldados más, enfermos de golpes de caballos que les privaban de todo movimiento.
Los buenos milicos se despidieron de sus consortes, que quedaban allí a cuidar las cuadras, los oficiales saludaron aquellas covachas donde dejaban su tesoro y la columna se puso en marcha, con gran espanto del medico franceschini, que no sabia andar a caballo y temía lo basureara el mancarrón.
El abandono era peligroso, porque el campamento quedaba situado entre las tribus amigas, que no por ser amigas dejaban de ser indios: manual Grande, Coliqueo y Tripailaf.
No había mas amparo que la negra Carmen, sargento primero del 2 de artillería, y a ella se la nombro jefe de frontera mientras duraba la ausencia del coronel Lagos.
Era Mama Carmen el único sargento que quedaba en el campamento, y a ella le correspondía el comando accidental de la frontera.
La pequeña columna se puso en marcha y Mama Carmen quedo dando sus primeras órdenes para arregla el servicio de vigilancia.
Sevilla, bastos, don Pedro, todos andaban apuradísimos en arreglar sus efectos, cuando sentimos, ya al salir del campamento, la voz sonora de Carmen, que dirigiéndose a bastos le decía:
¡Que se quede ese que se llama como baraja! no quiero que se vaya, porque por un flojo no nos hemos de quedar sin ginebra n i vicio de entretenimiento.
¡Que se quede mi pulpería! Grito Bastos pues mis matambres los pongo a salvo.
Y uniendo la acción a la palabra, vino a formar a retaguardia de la columna, mientras Mama Carmen ponía de guardia en la pulpería de Bastos a la mujer del sargento Romero, una negra buena moza, más grande que un rancho.
La columna siguió la marcha en medio de las mas alegres carcajadas, marcha que fue un verdadero vía crucis para el medico, quien, como Cristo, no hacia sino caer y levantarse para volver a caer.
Aquella misma tarde Carmen vistió con uniforme de tropa a todas las mujeres que quedaron en el campamento, para que en un caso dado fingiera un piquete dejado de guarnición en el.
En el mangrullo había dos piecitas de bronce, las mismas que tomó Arredondo de San Ignacio, y que estaban en buen estado de servicio.
En aquél mangrullo estaban perfectamente seguras, pues levantando la tabla no había quien trepara hasta la estrella y en el último de los casos, Mama carmen sabía manejar las piezas con bastante acierto.
Allí subían a dormir de noche, estableciéndose de día la más estricta vigilancia.
Los indios “amigos” veían a la distancia que en el campamento habían quedado soldados y no se atrevieron a [venir].
Una siesta cuando Mama Carmen estaba entregada con sus amigas y soldados ya mejorados a las delicias de una carne con cuero, sintieron a la centinela que gritaba -¡indios al fortín Luna!
Mama Carmen mando formar sobre el mangrullo y subió ella misma a preparar las piezas.
Efectivamente a la derecha del campamento se veía una indiada que avanzaba con el mayor descuido, como si supiera que el campamento estaba abandonado.
Los caballos atados a la estaca y nada acusaba la presencia de tropas.
La negra Carmen cargo las piezas, levanto la tabla y se escondió como las demás mujeres detrás del parapeto.
Los dos soldados tenían su carabina con su dotación de tiros, otra carabina Mama armen y otras dos tenían la mujer del sargento Romero y la mujer del trompa Martinone, apodado como Martineta.
Los indios que sin dudas estaban convencidos que no había nadie, entraron alegremente y mirando por todas partes, como si quisieran descubrir el paraje que debían asaltar primero.
Aquí fue donde Mama Carmen hizo asomar a sus tiradores asomándose también ella, y rompiendo fuego sobre los indios.
Aturdidos y aterrados por aquel inesperado fuego de fusilaría, los indios se hicieron una pelota y salieron del cuarto dando alaridos.
Mama Carmen, que los vio hechos un pelotón que no atiba por donde romper, hizo un disparo de artillería que concluyo por aterrarlos.
Al segundo cañonazo los indios se ponían en fuga abandonando a dos heridos dentro del campamento.
Mama Carmen salio entonces del magrullo seguida por los dos soldados, montaron a caballo y persiguieron a los derrotados, haciendo frecuentes disparos de carabina.
Si los indios volvían siempre tendría tiempo de subir al mangrullo a jugar con su artillería.
Tres indios que fueron alcanzados, en un trayecto de 20 cuadras que duro aquella persecución, los ato y los trajo al mangrullo diciéndoles:
-no tengan cuidado hijitos: aquí quedaran hasta que vuelva el coronel y diga lo que ha de hacerse.
Cuando los indios vieron que no había más que mujeres, querían morirse de desesperación; pero no había más remedio, pues estaban fuertemente atados al mangrullo.
Así le libro de ser invadido el fuerte General Paz durante el tiempo que duro la revolución.
AMOR DE MADRE
Nada más espléndido que aquella noche de luna en que el aire apenas movía las hojas de sierra de las cortaderas. Aquel pequeño destacamento compuesto de quince hombres marchaba tranquilamente a relevar a la guarnición del fortín Vanguardia. En el destacamento iba el cabo Ledesma, acompañado como siempre de su anciana madre, el sargento 1º Carmen Ledesma, que no lo desamparaba un momento. Mama Carmen, como se la llamaba en el Regimiento 2, no tenía sobre la tierra más vínculo que el cabo Ledesma, su último hijo vivo, y en él había reconcentrado el amor de los otros quince, muertos todos en las filas del regimiento.

Y era curioso ver cómo aquel gigante de ébano respetaba a Mama Carmen, en su doble autoridad de madre y de sargento. En sus momentos de mayor irritación y cuando era difícil contenerlo, un solo grito del sargento Carmen lo hacía humillar como una criatura. Aquellos dos seres se amaban con idolatría profunda: ella dividía su vida entre el servicio y el hijo, y él no tenía mayor encanto que las horas tranquilas que pasaba en el toldo de la madre.

En aquella marcha, como siempre, el sargento iba al lado del cabo Ledesma, acariciándolo y alcanzándole un mate que cebaba de a caballo, a cuyo efecto no saltaba nunca el mancarrón sin llevar la pava de agua caliente. Todo estaba tranquilo y el piquete marchaba fiado en aquella tranquilidad del campo que indicaba no haber gente en las cercanías.

Al bajar un médano de los muchos que hay por aquellos parajes, se sintió un inmenso alarido, y el piquete se vio envuelto por un grupo de más de cien indios, que sin dar tiempo a nada cargaron sobre los soldados con salvaje brío. Acababan de caer en una emboscada hábilmente tendida.

Soldados viejos y aguerridos, pronto volvieron del primer asombro, y bajo las puntas de las lanzas que evitaban como podían, obedecieron la voz del oficial, que les mandaba echar pie a tierra y cargar las carabinas.

El momento era solemne; casi todos los soldados habían sido heridos más o menos levemente, cuando sonaron los primeros tiros. El piquete había formado un grupo compacto en disposición de poder atender a todos lados, y hacían un fuego graneado que algo contuvo en el principio a los indios. Pero comprendiendo que esto era su pérdida irremisible, mientras más tiempo se sostuvieran los soldados, cargaron con terrible violencia.

Un grito inmenso se escuchó a la derecha del grupo, grito terriblemente conmovedor que acusaba la desesperación del que lo había dado. Era Mama Carmen, a cuyo lado acababan de dar dos lanzazos de muerte a su hijo Ángel. La negra arrancó a su hijo el cuchillo de la cintura, y como una leona saltó sobre los indios, a uno de los cuales había agarrado la lanza. Este desató de su cintura las boleadoras y cargó sobre la negra, a golpe seguro. Aquella lucha fue corta y tremenda.

La negra, huyendo la cabeza a la bola del indio, se había resbalado por la lanza hasta tenerlo al alcance de la mano. Entonces le había saltado al cuello, sin darle tiempo a usar de la bola. El salvaje se había abrazado de la negra y había soltado lanza y bolas, para buscar en la cintura el cuchillo, arma más positiva para el momento apurado de la lucha cuerpo a cuerpo.

Se puede decir que indios y cristianos dejaron de luchar un momento, embargados por aquel espectáculo tremendo. Indio y negra, formando un solo cuerpo que se debatía en contorsiones desesperadas, habían rodado al suelo. Ambos se buscaban el corazón. A los pocos segundos se escuchó algo como un rugido y se vio a la negra desprenderse del grupo y ponerse en pie, mientras el indio quedaba en el suelo, perfectamente inmóvil: el puñal de la negra le había partido el corazón.

Mama Carmen volvió al lado del cabo Ledesma, que agonizaba. El fuego continuó unos minutos más, causando a los indios algunas bajas, que los hicieron retirarse abandonando la empresa de cautivar al piquete. Toda persecución era imposible, pues el piquete tenía cuatro heridos graves, y el cabo Ledesma, que expiró pocos minutos después sobre el regazo de Mama Carmen.

La pobre negra miró a su hijo con un amor infinito, le cerró los ojos y sin decir una palabra lo acomodó sobre el caballo, ayudada por dos soldados. En seguida, y siempre en su terrible silencio, se acercó al indio que ella había muerto y con tranquilidad aparente le cortó la cabeza, que ató a la cola del caballo donde estaba atravesado su hijo.

Al incorporarse al piquete, regresó al campamento con su triste carga y su sangriento trofeo. A la siguiente noche y a la derecha del campamento, se veía una mujer que, sable al hombro, paseaba en un espacio de dos varas cuadradas. Era el sargento Carmen Ledesma, que hacía la guardia de honor al cabo Ángel Ledesma, enterrado allí.

fuente: www.revisionistas.com.ar
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Croquis y siluetas militares

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